realidad 63

realidad 63

FELIPA.

 

Bueno. ¿Me manda algo más?

 

AUGUSTA.

 

Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los visillos…

 

FELIPA.

 

Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen. (_Vase._)

 

OROZCO.

 

Si no tienes sueño, pasa á mi despacho y hablaremos un ratito.

 

AUGUSTA.

 

Si que pasaré. ¿Piensas velar?

 

OROZCO.

 

Es posible.

 

AUGUSTA, _recelosa_.

 

¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte los cascos en cosas que no

nos importan!

 

OROZCO.

 

Si nos importan ó no, lo veremos… Allí te aguardo.

 

AUGUSTA.

 

Iré. (_Se incorpora._)

 

 

ESCENA XIII

 

Despacho de Orozco.

 

AUGUSTA, _envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca junto á

la chimenea, muy cargada de lumbre_; OROZCO, _junto á la mesa, en la

cual hay una lámpara encendida_.

 

OROZCO.

 

Qué… ¿tienes frío?

 

AUGUSTA.

 

Un poco; pero ya voy entrando en calor. (_Para sí._) No sé por qué,

tiemblo. Su mirada me desconcierta.

 

OROZCO.

 

No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que

á entrambos nos interesan.

 

AUGUSTA.

 

¿Asuntos?… Tú siempre discurriendo empresas ó aventuras

humanitarias…

 

OROZCO, _interrumpiéndola_.

 

No es eso…

 

AUGUSTA.

 

Vale más que te acuestes y descanses.

 

OROZCO, _acercándose á ella_.

 

Descansaría si pudiera. Pero por mucho dominio que uno tenga sobre

sí propio, por grande que sea nuestra energía para disciplinar las

ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas ahogan la necesidad

de reposo, y el sueño es imposible.

 

AUGUSTA, _para sí_, _con espanto_.

 

Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe, ó desea

saberlo? (_Mirándole fijamente á los ojos._) ¿Quién podrá descifrar el

jeroglífico de ese rostro de mármol?

 

OROZCO, _para sí_, _mirándola á su vez con atención profunda_.

 

¿Será capaz de confesar? Me temo que no.

 

AUGUSTA, _para sí_.

 

No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente á sus preguntas.

(_Alto._) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo y no te

atreves?

 

OROZCO.

 

Te observo temerosa, y esperaré á que te tranquilices.

 

AUGUSTA.

 

¡Temerosa yo! (_Para sí._) Fingiré un valor que no tengo… Hasta

para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme hacerlo

con dignidad.

 

OROZCO.

 

Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo

también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente

para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos,

para reducir á la insignificancia las pasiones cuando contradicen el

sentimiento universal.

 

AUGUSTA, _para sí_.

 

Desvaría. El delirio humanitario se ha apoderado de él. Esto me

envalentona. Veámosle venir.

 

OROZCO.

 

Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de

vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y

práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura

que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á

fuerza de meditaciones y de magnas luchas.

 

AUGUSTA, _para sí_.

 

¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me

hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia,

me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para

mí, amasada en barro pecador. (_Alto._) Ya sé que eres un hombre

sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la

calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido

lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener

pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar

desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las

hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por

muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien?

(_Orozco hace signos afirmativos con la cabeza._) ¿Y quieres que yo

te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si

podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme,

caigo y me estrello.

 

OROZCO.

 

La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el

pensamiento de toda inclinación mala.

 

AUGUSTA.

 

¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo

pienso.

 

OROZCO.

 

Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por

entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y

después que yo lo sepa… hablaremos.

 

AUGUSTA, _para sí_.

 

¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más hombre y menos santo, tal

vez…

 

OROZCO.

 

¿No contestas á lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con

efusión completa.

 

AUGUSTA, para sí.

 

Lo sabe y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo habrá sabido? ¿Se

lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva. (_Alto._)

¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme

en qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.

 

OROZCO, _con determinación_.

 

Inútiles y ridículos escarceos. Vale más que hablemos con claridad.

Desde que apareció muerto Federico, tu nombre anda en lenguas de la

gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me

lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, que yo lo

sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber

quién eres y lo que vales.

 

AUGUSTA, _turbada_.

 

¿Pero tú… crees…?

 

OROZCO.

 

Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero á que tú hables.

 

AUGUSTA, _para sí_.

 

¡Confesar!… ¡Antes morir!… ¡Siento un pavor!… (_Alto._) Pues te

diré: extraño mucho que des asentimiento á esas infamias.

 

OROZCO, _flemáticamente_.

 

Luego es falso lo que se dice.

 

AUGUSTA.

 

¿Y lo dudas?

 

OROZCO.

 

No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo cohibida por el

temor y te incito á sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara es

como la de un muerto.

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realidad 62

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AUGUSTA.

 

Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no

me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por

este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice

que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!… Yo estoy muerta de

pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de

lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque

murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa…,

sí, celosa… ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!…

¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo

bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.

 

FELIPA, _con agudeza_.

 

El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas

cosas hace el principio de otras.

 

AUGUSTA.

 

Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella

noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo,

me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente.

Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la

noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el

efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel

momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé

un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa,

aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para

ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los

sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú

que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á

aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.

 

FELIPA.

 

¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.

 

AUGUSTA.

 

Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es

desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan

tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en

mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí

y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común,

y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le

admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante

de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras

miserias.

 

FELIPA, _advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un

pañuelo_.

 

¿Qué es esto?

 

AUGUSTA.

 

La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para

quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.

 

FELIPA.

 

A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.

 

AUGUSTA.

 

He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha

puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para

los que me creen asesina.

 

FELIPA.

 

El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se

creerá lo del lacre.

 

AUGUSTA, _con profunda tristeza_.

 

¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque

aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración,

que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante

su tranquilidad, que me hace dudar… «Si lo sabe, me pregunto yo,

¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del

desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu

muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener

pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo

real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida

la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y

yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después…, y

aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí,

aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues

oye. Me levanté…, fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta.

El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy _La Peri_».

Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué

atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza

aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo

los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo

á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de

conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy _La

Peri_; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle

cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es

la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó

si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás,

y él me abrió, y hablamos, y…

 

FELIPA.

 

Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace nunca sino en

sueños.

 

AUGUSTA.

 

Pero en el trastorno en que yo estuve anoche, trastorno de los

sentidos y del alma toda, no sé… ¿No sabes tú que hay personas que

dormidas andan y hablan y repiten lo que les ha pasado recientemente?

 

FELIPA.

 

Sí, y á esos llaman sonámbulos.

 

AUGUSTA.

 

Yo no me he tenido nunca por sonámbula. ¡Oh, no, imposible que este

recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad que no?

La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas

que á veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como

los hechos positivos. Pero… todo podría ser. Anoche deliraba yo

como un tifoideo, y tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y

al abrirlos de tiempo en tiempo, Tomás junto á mí, mirándome sin

pestañear. Sus miradas me penetraban hasta el fondo del alma. No

puedo asegurarte si le veía despierta ó le veía dormida. ¿Hablé yo?

¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber sentido sus

pasos alejándose hacia el despacho, á no sé qué hora de la noche.

También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me

atormentó la idea de ser yo _La Peri_, ese trasto, y de los esfuerzos

que hice para no ser ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un

nombre y mi conciencia!… Pero nada puedo afirmar con certeza. No

sé qué daría por disipar esta duda horrible, cerciorándome de que no

hablé, de que no me vendí. (_Pasándose la mano por la frente._) ¡Cómo

está esta cabeza!

 

FELIPA, _atisbando á la puerta_.

 

Me parece que el señor viene. (_Se levanta._)

 

 

ESCENA XII

 

_Las mismas._ OROZCO.

 

OROZCO, _á su mujer_.

 

Querida, aunque no es tarde, harías bien en irte á descansar. ¿Por

qué no te acuestas?

 

AUGUSTA.

 

Espero á tener sueño. ¡He dormido tanto en este sofá!…

 

OROZCO.

 

La conversación no te conviene. (_Tomándole el pulso._) Ni pizca de

fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado bastante

esta noche: primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora

con Felipa.

 

AUGUSTA.

 

Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?

 

OROZCO.

 

Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su propia

insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos,

porque ésta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás

que hacer en tu casa.

 

FELIPA, _para sí_, _turbada_.

 

Parece que me echa. Sabe más que Merlín el señor éste… Imposible

que deje de… (_Alto._) Con permiso…

 

AUGUSTA.

 

Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de Sobrino

veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes…

 

FELIPA, _oficiosamente_.

 

Ocho y poco más, señorita… Pues hacen treinta y dos.

 

AUGUSTA.

 

Eso es; pero antes de cortar me traes la batista para verla, porque

si no es igual á la otra, la devolveremos.

<!–

   

–>

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realidad 61

realidad 61

CALDERÓN.

 

Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido

fotografiándote la tuya.

 

OROZCO.

 

No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días.

La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro.

(_Llegan más personas._) Parece que esta noche carga el gentío que

es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso

interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas,

ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver

los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre,

tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito… (_Con

amargura._) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un

lleno completo. (_Dirígese á saludar á los que llegan._)

 

CALDERÓN, _para sí_.

 

Hombre sin igual es éste. Todo lo sabe y parece que lo ignora todo.

 

 

ESCENA XI

 

Tocador de Augusta. Es de noche.

 

AUGUSTA, _doliente, recostada en un sofá_; FELIPA, _en pie, delante

de ella_.

 

AUGUSTA.

 

¡Gracias á Dios que vienes á tranquilizarme!

 

FELIPA.

 

Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita dormía y no quise

molestarla.

 

AUGUSTA.

 

¡Dormir! No he descansado desde aquel momento terrible… No sé si

esto es dormir ó no; ignoro si mis impresiones son fingidas ó reales;

estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no me permite

ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar

juicio de mis acciones desde aquel instante, ni de cómo vine aquí.

Cuéntame lo que ha pasado después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste?

¿Se ha descubierto? Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por

terrible que sea.

 

FELIPA, _bajando la voz_.

 

Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá

nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las

manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga,

me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del

pobre…!

 

AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.

 

¡Ay!

 

FELIPA.

 

Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.

 

AUGUSTA.

 

¿Lo tiraste á la calle?

 

FELIPA.

 

Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla.

Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las

manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa… Examinamos con

remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas

de sangre; pero no hallamos… ni esto. Los vecinos del principal,

únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se

enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo

habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al

otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de

ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces.

Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.

 

AUGUSTA.

 

¿Uno, un hijo solo?… Les libraré más: todos los que tengan.

 

FELIPA.

 

Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres.

Son unas almas de Dios.

 

AUGUSTA.

 

¡Ay!, habla más bajo… Tengo un miedo horrible… Mira si hay

alguien en el gabinete.

 

FELIPA, _que se asoma al gabinete y vuelve_.

 

Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué

hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de

muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la

alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y

vestido de la señorita…; saqué del pupitre los papeles, cartas á

medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé

á mi casa…

 

AUGUSTA.

 

Mejor sería que lo quemaras todo…

 

FELIPA.

 

Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto

como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por

donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero

decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella

noche…

 

AUGUSTA, _secreteando_.

 

Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino

á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna

tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará.

Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los

periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y

quedó en hablarle mañana mismo.

 

FELIPA, _casi entre dientes_.

 

Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más

mira menos ve.

 

AUGUSTA.

 

¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo

podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste.

Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en

comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.

 

FELIPA.

 

No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.

 

AUGUSTA, _conmovida_.

 

No merezco tanta abnegación… Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía

no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me

has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta

deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca

llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo

desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si

fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no.

¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra

de ternura!… ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba…, ¡á

mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi

posición, mi honor!… El desdén con que me trató después de atentar

á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una

herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre

ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela…

 

FELIPA.

 

El trastorno, la ofuscación… Si no supo lo que hacia, menos había

de saber lo que hablaba.

 

AUGUSTA.

 

Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano,

aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no

me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como

consuelo?

 

FELIPA.

 

No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me

perdone.»

<!–

   

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realidad 60

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ESCENA IX

 

_Los mismos._ OROZCO, CALDERÓN, _que salen del billar. Al propio

tiempo van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que

se indicarán después._

 

OROZCO, _dando la mano á Malibrán y á Villalonga_.

 

Está mejor; pero aún no se le ha pasado la tremenda jaqueca de ayer.

Este majadero (_por Calderón_) le espetó de golpe la noticia…, como

si se tratara de cualquier suceso insignificante.

 

CALDERÓN.

 

La verdad, yo no creí… Tan afectado estaba, que no supe lo que me

hacía.

 

VILLALONGA.

 

¡Pero qué bruto eres, Pepe!

 

OROZCO.

 

La pobre Augusta salía tranquilamente para ir á misa, después de

haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando recibió

el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo á

quien queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.

 

MALIBRÁN.

 

¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?

 

OROZCO.

 

Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la cefalalgia, le

molestan el ruido y la claridad.

 

MALIBRÁN, _para sí_.

 

¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo que la mata.

 

OROZCO.

 

Voy á saludar á esa gente. (_Para sí._) ¡Curioso estudio el de esta

noche el examen de las caras de los que entran aquí! En todas veo

cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción

desusada. Pero lo que es en ésta…, ¡aviados están! Mi cara es de

mármol. (_Dirígese al salón, donde han entrado Teresa Trujillo,

Aguado, Monte Cármenes, el Exministro, el Sr. de Pez. En la sala de

tresillo quedan Villalonga, Malibrán y Calderón._)

 

VILLALONGA, _á Calderón_.

 

Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente los disparates que corren por

Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?

 

CALDERÓN.

 

Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y qué sociedad tan

nauseabunda!

 

MALIBRÁN.

 

Sí, muy nauseabunda.

 

CALDERÓN.

 

Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara de lo que se dice

por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la verdad, y

á la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones

necias y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que

entienda que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto,

Villalonga, qué tonta es esta humanidad?

 

VILLALONGA.

 

Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto hay que decir.

 

 

ESCENA X

 

_Los mismos._ CISNEROS, _que aparece en la sala japonesa, viniendo

del interior de la casa_.

 

CISNEROS, _para sí_.

 

¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse calumniada, zarandeada por

tanto imbécil!… Esto es un horror… (_Con rabia._) ¡Bendito sea

Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que una

sola cabeza para cortarla… Hasta los periodiquillos se atreven á

deslizar malévolas alusiones á esta casa. Ya os daría yo una buena

mano de azotes si pudiera. ¡Habráse visto otra! ¡Reticencias contra

mi hija…! Estoy que trino. (_Atraviesa el salón sin saludar á

nadie, y entra en la sala de tresillo._)

 

VILLALONGA.

 

Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! Don Carlos, ¿qué nos

cuenta?… ¿Qué se dice?

 

CISNEROS, _sofocando su rabieta_.

 

Se dice…, pues se dice que este es un país de idiotas.

 

VILLALONGA.

 

Eso ya lo sabía yo. Detesto á mi patria, la hidalga nación del

garbanzo, de Recaredo y de la gramática parda. ¡Pues si yo pudiera

metamorfosearme en inglés ó en alemán…!

 

CISNEROS.

 

Como no te metamorfosees tú en el moro de los dátiles. Este es

un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así… (_pisa

fuerte_), destruyéndolo á pisotones como á las hormigas. Les juro á

ustedes que esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión

de dar un par de linternazos á alguien.

 

VILLALONGA.

 

Pues déselos usted á Malibrán que dice…

 

CISNEROS, _con viveza_, _apretando los puños_.

 

¿Qué dice?

 

MALIBRÁN.

 

Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como de Memling no

es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de las

peores.

 

CISNEROS.

 

Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted de pintura lo

que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo, era

un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían

echarle periódicos á ese.

 

CALDERÓN.

 

¡Fuertecillo está usted, D. Carlos!

 

VILLALONGA.

 

Desengaños amorosos. ¿Lo digo?

 

CISNEROS.

 

¿Qué?

 

VILLALONGA.

 

Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios. Pues esta tarde le

han visto á usted salir de la gruta de Calipso, ó sea de la casa de

Leonor.

 

CISNEROS.

 

Toma. ¿Y qué?

 

VILLALONGA.

 

Es que creíamos que usted no sirve ya ni para novilladas de invierno,

y que ya no sabe ni marcar una banderilla.

 

CISNEROS.

 

¡Monigotes!… Generación menguada y raquítica, los viejos toreamos

mejor que vosotros. Preguntádselo á cualquier res. No servís para

nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.

 

MALIBRÁN.

 

¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años, visititas á _La

Peri_!…

 

CISNEROS.

 

Porque se puede. Fastidiarse… Ea, fantoches, vuestra conversación

me revienta.

 

CALDERÓN.

 

¿No quiere echar una partidita?

 

CISNEROS.

 

No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad, no puedo estarme

quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá, empujar al

que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la

tía Cotilla!, le… le pulverizo. (_Sale de estampía por la puerta

del billar._)

 

CALDERÓN.

 

¡Es mucho D. Carlos!…

 

MALIBRÁN.

 

Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á _La Peri_.

 

VILLALONGA.

 

Y yo también. (_Pasan al salón, formando grupos que entablan animados

coloquios._)

 

OROZCO, _á Calderón_.

 

Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La

de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad

febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función

dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha

leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera

yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un

puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela

con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante

de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su

severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son

ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La

imposibilidad de soltar ahora el _todo va bien_ le da una contracción

violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara

del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de

protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas

cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la

opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran…! ¡Cuánto daría yo por oírles!

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realidad 59

realidad 59

ESCENA VIII

 

Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera jornada.

Es de noche.

 

MALIBRÁN, VILLALONGA, _en la sala de la derecha_.

 

VILLALONGA.

 

Da gracias á Dios, amigo Cornelio, por haberte librado de la

desagradabilísima operación de batir las cataratas á nuestro buen

Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer á sangre fría tal

empresa quirúrgica. Llegarse á un hombre, á un amigo, y decirle

á boca de jarro: «mira, Fulano, yo sé que tu mujer, etc…, y te

ofrezco medios de comprobación material cuando gustes», es cosa

fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el triste caso de

ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser romperle

los ojos al… oculista.

 

MALIBRÁN.

 

La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer pinchazo. En

la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte,

vi la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de

abordar el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada.

Mi conocimiento de las mil emboscadas de la conversación resultaba

inútil. Luchaban en mí el deber de conciencia mandándome hablar, y la

gravedad del asunto poniéndome cien mordazas.

 

VILLALONGA.

 

No veo tan claro, francamente, lo del deber de conciencia. La mía

no me ha inducido nunca á ilustrar á mis amigos sobre puntos tan

delicados.

 

MALIBRÁN.

 

Cada cual ve las cosas á su manera. No soy gazmoño en asuntos de

moral conyugal. Tengo acá mis ideas…, quizás un poco extravagantes;

y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna

extensión mi teoría de que el grado de culpabilidad adulterina

depende de la elección de cómplice, resultando una escala que va

desde lo disculpable, por no decir plausible, hasta lo que merece la

mayor execración. Pero no me parece oportuno ahora…

 

VILLALONGA.

 

No; déjalo para otra vez.

 

MALIBRÁN.

 

Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso, el socorrido

_Fatum_ me librara del compromiso fastidioso de tener que cantar. Y

se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón

anunciando á Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al

leer el parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la

divina Providencia se encargase de la misión difícil que yo me había

impuesto. (_Bajando la voz._) Porque tengo para mí que, en presencia

de este hecho elocuentísimo, Orozco no puede permitirse seguir

ignorando… ¿Qué te parece? Desde que se conoció la catástrofe en

Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que corren

de boca en boca.

 

VILLALONGA.

 

No sé, no sé… (_Meditabundo._) ¿Y tú qué piensas de esta desgracia?

 

MALIBRÁN.

 

Para mí, el pobre Viera se hallaba en una situación ahogadísima,

en declarada, irremediable bancarrota. Enormes deudas de juego,

de esas que no admiten prórroga, le abrumaban. Augusta le había

auxiliado hasta ahora en la medida razonable; pero las exigencias

de él llegaron á ser tales, que la pobre mujer no quiso ó no pudo

satisfacerlas. De esta resistencia de Augusta, y de las tremendas

razones con que Federico apoyaba sus demandas de dinero, hubo de

resultar un vivo altercado, amenazas, demasías de lenguaje, qué

sé yo… Federico, en un rapto de furia y desesperación, harto de

padecer, viéndose sin honra, insolvente, comido de acreedores,

rechazado de sus amigos, liquidó con la vida. En rigor, era la única

liquidación posible.

 

VILLALONGA.

 

Es verosímil.

 

MALIBRÁN.

 

Tan verosímil, que yo me represento la escena como si la estuviera

viendo y escuchara la voz de ambos personajes.

 

VILLALONGA.

 

Pero hay algo que no está claro, ni creo que lo esté nunca. No tengo

yo por seguro que la pobre Augusta se hallara presente en el acto del

suicidio.

 

MALIBRÁN.

 

Para mí es indudable que sí.

 

VILLALONGA.

 

¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier

cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.

 

MALIBRÁN.

 

Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de

inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo

peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la

Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es

sugerirles una buena elección.

 

VILLALONGA, _con seriedad_.

 

Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte

el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará

por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es

probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este

mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy

circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio

la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que

Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A

nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar

á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las

especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de

esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.

 

MALIBRÁN.

 

¡Diantre! (_Caviloso._) Pues si ella lo agradeciera…

 

VILLALONGA.

 

Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita. Ha padecido una

alucinación… ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de nuestros

tiempos de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de

recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso

y pérfido entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay

familia posible con semejante vida. Perdona que esté tan filósofo,

yo, el último de los desmoralizados, pero también el primero de los

alumnos de la gran profesora, la experiencia.

 

MALIBRÁN.

 

Si yo contara con la gratitud de Augusta, sería el primero en llevar

mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el escándalo. Pero

dudo que…

 

VILLALONGA, _poniéndose serio_.

 

No seas idiota. Y en último caso, el agravio que la opinión infiere

á nuestro amigo Orozco lo hago yo mío; vamos, que me meto á paladín,

sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten juicio, pues bien pudiera

suceder que yo me amoscara… Todo está en que me dé por ahí.

 

MALIBRÁN.

 

¿Pero tú qué tienes que ver…?

 

VILLALONGA.

 

Tengo y no tengo… En fin, que me carga tu intervención, tu

espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.

 

MALIBRÁN, _con mal humor_.

 

Ea, déjame á mí… (_Cediendo._) Pero, en fin, ¿qué es lo que tú

quieres?

 

VILLALONGA.

 

Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado nada. Nuestra

conducta ha de corresponder á los agasajos de esta excelente familia.

¡Augusta se merece un sin fin de homenajes, y Orozco es tan bueno,

tan generoso…! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme

cedido su puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por

él, me quedo también ahora en la calle muerto de risa!

 

MALIBRÁN.

 

¡Ah, mameluco, _that is the question_! Ya veo la clave de tu sensatez.

 

VILLALONGA.

 

Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un toisón de oro, en

el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los eslabones,

y no podemos escoger la relación ó argolla que nos une al eslabón

vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué

te creías?… Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.

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realidad 58

realidad 58

LA SOMBRA, _que se acerca á Federico y le toca en el hombro_.

 

Haz las paces con ella, sométete á su tirana voluntad. Tiene más

talento que tú… Desecha esa idea que te acosa días ha.

 

FEDERICO.

 

No quiero.

 

LA SOMBRA.

 

Deséchala. ¿A qué te atosigas con tal idea si te falta valor para

realizarla?

 

FEDERICO.

 

¡Mal rayo! ¡Cara de Judas!, no me falta valor.

 

LA SOMBRA.

 

Tu destino es encenagarte en la deshonra. No sabes ni sabrás

nunca morir. ¿Por qué vuelves la cara? ¿Es que no quieres verme?

Si ya me voy…. Mírame, mírame salir. (_Abre la puerta y sale

tranquilamente._)

 

 

ESCENA V

 

FEDERICO, AUGUSTA.

 

FEDERICO, _dejándose caer en un sillón_.

 

¡Ay de mí!

 

AUGUSTA, _corriendo hacia él_, _amorosa_.

 

¿Qué tienes?

 

FEDERICO.

 

¡Amiga de mi vida, si vieras qué mal me siento! Esta ansiedad,

este…, esto que rebulle aquí… (_oprimiéndose el costado

izquierdo),_ sensación que no tiene nombre…, prurito de meterme la

mano hasta muy adentro y separar algo que me estorba, que me impide

pensar y sentir.

 

AUGUSTA.

 

No es nada… Estás nervioso. Te has excitado tontamente. Perdóname

si te he dicho algunas cosillas desagradables. En cambio tú,

extraviado sin duda por la bebida, me diste un nombre que es una

injuria.

 

FEDERICO, _como volviendo en sí_.

 

¿Yo…, yo…?

 

AUGUSTA.

 

Sí, tú… Me has llamado Leonor.

 

FEDERICO, _mirándola con extravío_.

 

¿Y qué…? Amiga mía, haz el favor de darme un vaso de agua.

(_Augusta se dirige al aparador, y mientras echa agua en una copa,

Federico se acerca á la chimenea y coge el revólver._) No más

padecer. (_Se dispara un tiro en el costado izquierdo._)

 

AUGUSTA.

 

¡Ay! (_Paralizada de terror._)

 

FEDERICO, _cayendo en un sillón, desvanecido_.

 

Nada, nada… Ya estoy bien.

 

 

ESCENA VI

 

_Los mismos._ FELIPA.

 

AUGUSTA, _horrorizada, las manos en la cabeza_.

 

¿Qué es esto?… Federico… Felipa.

 

FELIPA, _sin aliento_.

 

¡Jesús…! (_Ambas se arrojan sobre él._)

 

AUGUSTA.

 

¿Qué has hecho…, vida mía?… (_Palpándole y buscando la herida._)

¡Ah!, no será nada…

 

FELIPA.

 

No veo sangre… (_Se mancha de sangre la mano._) ¡Ah!, sí…, mire

usted. Por aquí, en este costado.

 

AUGUSTA, _consternada_.

 

Amor mío, ¿qué has hecho? Estás herido… Pero no, no será de

gravedad. Respiras, vives… ¡Mírame, por Dios…; mírame y háblame!

 

FEDERICO, _tratando de apartarla de sí_.

 

Déjame… No ha sido nada. Me siento bien ahora. (_Con rápido

movimiento recoge del suelo el revólver._)

 

AUGUSTA.

 

¿Que quieres, qué buscas? Dame acá. (_Las dos tratan de quitarle el

arma. Entáblase violentísima lucha, en la cual Federico desarrolla

considerable fuerza muscular. Consigue desasirse de ellas._)

 

FEDERICO.

 

Déjame, ó te mato.

 

AUGUSTA, _que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le interpela

llorando_.

 

¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate… Te has herido…; pero

sanarás: es cosa ligera…; sé razonable, no escandalices…; vendrá

gente. ¡Qué deshonra!… Oye…, te quiero mucho: haré todo lo que tú

mandes… Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates; por Cristo

crucificado, no te mates!… Me moriré de pena.

 

FEDERICO, _con entereza, dominándose_.

 

Sé lo que debo hacer. Voy á lo que voy, y pido á Dios que me perdone.

 

FELIPA.

 

Llamaré á los vecinos.

 

AUGUSTA.

 

No, aguarda…, calla. Federico, por Dios, apiádate de mí…

Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico

discreto…, te curará, y luego nos vamos… tranquilamente…

 

FEDERICO, _con sequedad_.

 

Vete á tu casa…, y pronto. (_Da varias vueltas atontado, como

buscando la salida, y por fin pasa al otro gabinete._) Al que se

me ponga por delante le dejo seco… (_Sale precipitadamente, sin

sombrero. Las dos mujeres, aterrorizadas, no se atreven á detenerle._)

 

AUGUSTA, _corriendo detrás por el pasillo_.

 

Se mata, se mata de seguro… ¡Dios tenga piedad de él y de mí!…

 

FELIPA, _corriendo detrás de su señora_.

 

Va disparado: no le podemos seguir. (_Baja la escalera._)

 

 

ESCENA VII

 

Calle obscura. Casas á la derecha: á la izquierda, vallas de madera y

solares abiertos; en el fondo, un declive del terreno.

 

AUGUSTA.

 

No veo nada. ¿Por dónde va?

 

FELIPA, _señalando al fondo_.

 

Por allí… Parece que se cae… Señorito, por Dios, no sea loco.

(_Ambas tratan de seguirle._)

 

AUGUSTA, _avanzando decidida en la obscuridad_.

 

No le abandono, suceda lo que quiera… Alma mía, ¿dónde estás?

Aguarda. Tengo que hablarte…, escucha…

 

FEDERICO, _cuya voz se oye muy lejana_.

 

Leonorilla, no me sigas. Procura ser buena. Yo…, así. (_Suena el

tiro. Las dos mujeres se detienen espantadas._)

 

AUGUSTA.

 

Me muero… ¡Jesús, ampárame!

 

FELIPA, _avanzando, se inclina y palpa el terreno_.

 

Por aquí… ¡Ay, aquí está!… (_Tocando el cuerpo exánime._) ¡Qué

miedo!… (_Para sí._) Más muerto que mi abuelo… ¡Eh!, ¿qué es

esto?… La condenada pistola. (_Recoge el revólver._)

 

AUGUSTA, _da algunos pasos despavorida, y cae de rodillas_.

 

Yo también…

 

FELIPA.

 

Señorita, ¿dónde está usted? No veo. (_Buscándola. Recuerda que lleva

en su mano el revólver._) ¿Y qué hago yo con este chisme? No se me

vaya á disparar. (_Lo arroja por detrás de una empalizada próxima._)

Señorita, deme la mano… (_Encontrándola, la levanta del suelo con

vigoroso esfuerzo, tirándole de los brazos._) Vámonos de aquí…

pronto… Puede venir gente.

 

AUGUSTA.

 

Que venga. No me importa.

 

FELIPA.

 

¡No me comprometa, por Dios!… Vámonos. (_Tirando de ella._) Si ya

no tiene remedio… Que no nos cojan aquí.

 

AUGUSTA, _atolondrada, insensible_.

 

¿Adonde me llevas?

 

FELIPA.

 

Por aquí…, vamos… pronto… (_Quitándose una toquilla que lleva

sobre los hombros._) Póngase esto por la cabeza. Así… (_se la

pone_), para no llamar la atención. Ahora…, serenidad. Cogeremos un

coche, y á mi casa.

 

AUGUSTA.

 

Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad…, no tengo alma.

(_Huyen por la izquierda._)

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realidad 57

realidad 57

FEDERICO.

 

Estás loca, loca…, y yo también.

 

AUGUSTA, _rompiendo á llorar_.

 

¡Dios mío, qué desgracia querer á este hombre, quererle así… Y no

poder yo arrancarle de mi alma, como debo y como él se merece!

 

FEDERICO, _aproximándose á ella_.

 

Aborréceme de una vez. Y así quedaremos francos para hacer cada cual

nuestra santa voluntad.

 

AUGUSTA, _con vivísima expresión en la voz y gesto_.

 

No sé aborrecer…; pero sabré arrancarte de mi corazón y arrojarte á

la indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria;

vive como los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la

suerte, perseguido de acreedores, sin saber por qué calle pasar,

porque en todas temes que salga una fiera con las garras afiladas;

anda, sigue, corre, diviértete; devánate los sesos calculando cómo

aplacar á este usurero, cómo entretener al otro, cómo engañarles á

todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría, de casa en

casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices

harapientos que piden limosna por las calles.

 

FEDERICO, _que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo la

espalda á Augusta_.

 

Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así…, mientras viva.

 

AUGUSTA.

 

Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me desilusiona de

una manera horrible. Hemos concluído. Ya era tiempo… Por culpa tuya

es… Esta noche nos despedimos para siempre.

 

FEDERICO.

 

Concluiremos, sí… Yo lo deseo.

 

AUGUSTA.

 

¡Lo deseas! (_Conteniendo su furor._) Ya lo conocía yo… Pues mira:

yo también lo deseaba. No me decidía por lástima de ti.

 

FEDERICO.

 

Y yo también vacilaba, por la misma razón.

 

AUGUSTA.

 

Pues mejor… (_Rabiosa._) Esto se acabó. Ya era tiempo.

 

FEDERICO, _para sí, apoyando la cabeza en las manos_.

 

¡Nada me queda ya, ni esto siquiera! Hasta el recreo de la

imaginación se me acaba. Ya ni aun podré engañar las soledades de mi

vida llamando á la mujer seductora y diciéndole: «vente á pasar un

rato conmigo». Romperemos.

 

AUGUSTA, _altanera y sarcástica_.

 

Tenía que ser. Somos incompatibles. Tu quijotismo no se aviene con

mi llaneza… Puede que te lo sufran esas mujerzuelas con quienes

tratas, las _Peris_ y otros tipos semejantes, porque esas, por su

misma inferioridad, hasta pueden socorrerte sin herir tu soberbia…

 

FEDERICO, _llena de champagne una copa y la bebe_.

 

¡Dios mío, qué mal me siento! (_Pausa. Augusta le contempla sin

chistar._)

 

 

ESCENA IV

 

_Los mismos. La_ SOMBRA DE OROZCO, _que entra por la puerta de la

derecha, y se sienta á la mesa frente á Federico. Viste traje de

cazador con capote de monte. Augusta no le ve._

 

FEDERICO, _mirándola con estupor_.

 

¿Ya estás aquí?… Te esperaba.

 

LA SOMBRA, _tiritando_.

 

¡Hace un frío en aquel monte!… (_Se sirve champagne y bebe._) Parece

que te causo miedo. No temas; soy tu amigo. Desde la calle se oyen

las voces que das maltratando á esa pobrecita _Peri_. (_Contemplando

á Augusta con lástima._) ¿Ves cómo lloriquea? Eres un bruto, y no te

mereces tal joya.

 

FEDERICO, _con ironía delirante_.

 

¡Valiente joya!… Reñíamos porque se empeña en deshonrarme.

 

LA SOMBRA.

 

¡Deshonrarte á ti, el Amadís de la delicadeza y de la dignidad!

Sobreponte á las hablillas del vulgo. Estoy contento de ti, porque

has apechugado con mi favor. Así se cumple con los amigos y con la

humanidad.

 

FEDERICO.

 

Tu protección me abruma.

 

AUGUSTA.

 

¡Pues con dejarla…! Hemos concluído.

 

LA SOMBRA.

 

Ya no puedes volverte atrás, porque dijiste que la aceptabas.

 

FEDERICO.

 

Yo no he dicho eso.

 

AUGUSTA.

 

Pues lo digo yo.

 

LA SOMBRA.

 

Ya sabe todo el mundo que accedes, y se te alaba justamente por tu

condescendencia. Con lo que yo te doy, y lo que te ofrece Augusta

para tus gastos mensuales, y algo que te supla también esa…

(_mirando á Augusta_), _La Peri_, tienes para vivir como un príncipe.

Nadie te censurará; al contrario, dirán: «¡qué listo es!» De mí sí

que oirás horrores. Pero mejor; eso me gusta.

 

FEDERICO, _furioso_.

 

Repito que no acepto. Antes moriré cien veces.

 

AUGUSTA.

 

Bueno, bueno. No soy sorda. Te daré recibo si es preciso.

 

LA SOMBRA.

 

Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho, hecho está, y

que patalee tu ridículo orgullo. (_Con atroz firmeza._) Tu papel en

la sociedad te hace sucumbir á mi deseo. Y tu aceptación realiza un

ideal de justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu

bajeza. Estás en carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo

exterior que la patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si

tuvieras conciencia, diría que es un castigo; pero no hay castigo en

quien carece de sensibilidad.

 

FEDERICO, _arrebatado y fuera de sí_.

 

¡Maldita sea tu alma! (_Coge una copa y se la tira, apuntando á

la cabeza. La copa se hace mil pedazos en el respaldo de la silla

frontera, y el champagne salpica al rostro de Augusta._)

 

AUGUSTA, _limpiándose la cara_.

 

Eso es, las pobres copas lo pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu

tontería!… No creas: tus violencias no me inquietan nada.

 

LA SOMBRA.

 

La pobre _Peri_ se escandaliza de tus arrebatos. Mira cómo se limpia la

carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza. No frotes

más, hija, que ya no queda nada.

 

AUGUSTA.

 

… pero nada.

 

FEDERICO, _despejándose un poco, se pasa la mano por los ojos_.

 

No; esto no es, esto no puede ser real… (_A Augusta._) Leonor, ¿tú

le ves?

 

AUGUSTA, _sorprendida_.

 

¿A quién?

 

FEDERICO.

 

Está ahí…

 

LA SOMBRA, _desvaneciéndose_.

 

Esa tonta dirá que no me ve; pero viéndome está.

 

AUGUSTA, _con ira_.

 

¿Qué nombre me has dado?

 

LA SOMBRA, _con risita impertinente_.

 

El suyo… ¿Pues cómo quiere que la llamen?

 

FEDERICO, _desesperado_.

 

¿Estoy yo loco, ó qué es esto, razón mía?

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